Trabajar como un equipo (II)

Pasado casi un mes desde la primera entrada en la que hablaba del trabajo en equipo, toca recuperar el tema, contando otra experiencia personal.

Nos situamos hace unos 20 años, en un cliente que estaba implantando SAP, donde había gente de distintas consultoras trabajando, cada una con sus equipos, sus “expertos”, etc… yo me “peleaba”, como programador, con la parte de HR, como buenamente podía.

El caso es que recuerdo que a un compañero (de otra empresa, pero compañero, matiz importante) su consultor senior (por aquél entonces, era alguien que tenía 3-4 meses más experiencia que tú) le encargó hacer un listado para sacar información de la parte de formación.

Mi compañero era de otros módulos y, como es sabido, los de HR siempre hemos sido “los raritos” dentro del mundo SAP.

El caso es que le ofrecí ayuda y realmente la tarea que tenía por delante era complicada, no ya porque no supiera trabajar con esas cosas tan raras que se llaman “infotipos”, si no porque las especificaciones que le habían dado no eran “muy exactas”.

Para haceros una idea, sin entrar en detalles técnicos, le habían mandado hacer una tortilla de patatas, sin huevos ni patatas. El caso es que, entre los dos, conseguimos hacer una tortilla medianamente presentable.

Al día siguiente, el consultor probó la tortilla y le preguntó intrigado, ¿cómo había conseguido hacer una tortilla con tan buen sabor? Y mi compañero le confesó que había contado conmigo como pinche de cocina.

¿Cuál creéis que fue su reacción? Por increíble que parezca, le prohibió volver a hablar conmigo.

Lo cierto es que me he encontrado en estos años con situaciones similares (iré contando alguna más), pero no va conmigo esa forma de trabajar; aunque puede que esté equivocado, siempre he creído en la colaboración, que de todo el mundo se puede aprender y que nadie lo puede saber todo.

Y lo peor de todo es que este personaje sigue dando tumbos por “las cocinas” y os puedo asegurar que la calidad de sus tortillas, sigue dejando mucho que desear.

Como diría aquel… ¡manda huevos! 😉

Soy un millennial de 46 años

A raíz de una publicación de Yoriento en LinkedIn en la que habla de las distintas generaciones que nos encontramos en las empresas a día de hoy, me reafirme en la frase que da título a este post: soy un millennial de 46 años.

Independientemente de tu edad,  lo importante es tu actitud. Tu capacidad para enfrentarte a lo desconocido, la inquietud por el aprendizaje continuo y un cierto grado de inconformismo, harán que seas mucho más millennial que muchos de esos que lo son únicamente por su fecha de nacimiento.

Al igual que el hecho de ser más mayor no te dota de una mayor experiencia en algo. A veces sí, a veces no. Hay gente que se pasa toda la vida haciendo lo mismo, de una manera rutinaria, simplemente para cubrir el expediente. Esa experiencia, a mí no me vale. Vuelve a ser una cuestión de actitud.

Os invito a que leáis el artículo: Generaciones en la empresa: 6 ideas para motivar la colaboración de millennials y “viejennials”

Y después a que veáis el siguiente vídeo, en el que Pablo González, CEO de Pangea, dice cosas muy interesantes sobre los tiempos que vivimos, como la siguiente frase:

El futuro es de los jóvenes, de los jóvenes de cualquier edad.

Total, que como lo de viejennial me suena un poco mal , lo dejamos en millennial de 46, ¿de acuerdo? 😉

Me gusta unir los puntos

Probablemente, el dibujo de cabecera de este artículo os haya llevado unos cuantos años atrás, cuando os gustaba unir los puntos para que apareciera la figura escondida tras esa maraña aparentemente desordenada.

Por cierto, que si os habéis puesto melancólicos y echáis de menos entretenimientos de ese tipo, aunque ya casi esté terminando el verano, y con él vuestras “vacaciones Santillana”, siempre podéis volver a sentiros como niños con los cuadernos de vacaciones para adultos.

De todas formas, no me refería a unir los puntos de manera literal, me refería más a establecer conexiones, muchas veces evidentes y otras no tanto.

Por ejemplo, esta última semana, me han llamado un par de veces porque alguien estaba valorando una oferta de empleo y sabían que yo podía conocer a alguien en la empresa final.

Otras veces, me llaman desde la empresa/consultora, para preguntarme por un candidato.

La intención es simplemente obtener más información sobre el puesto/candidato, no penséis en nada raro, porque ni es mi estilo ni tengo capacidad para eso.

Es frecuente que conozca a personas por separado y vea que en un momento dado podrían tener una oportunidad de hacer algo juntos y les proponga conocerse y/o les organice una comida. Sin ninguna intención más, después ellos deciden si se dan una segunda oportunidad.

A veces esa conexión no es evidente a simple vista o de manera inmediata, pero muchas veces termina surgiendo el flechazo.

También esta semana, comiendo con un amigo nos planteamos la posibilidad de hacer algo en común que en un principio era más beneficioso para él que para mí y me decía: “¿Pero tú que sacas de todo esto?”. Y le dije que ese era mi problema.

Evidentemente, no soy una ONG, pero os aseguro que esas inversiones “a fondo perdido”, muchas veces terminan dando rendimiento. Y mucho más del esperado, que suele ser cero 😉 Por supuesto, otras no, pero en el cómputo global, no me quejo.

Y todo esto lo veo muy relacionado con la actitud que deberíamos tener ahora, en este entorno tan cambiante en el que vivimos: nunca vamos a ser capaces de saberlo todo y es fundamental colaborar con otros, compartir conocimientos, experiencias… y saber conectar cosas que aparentemente  no tienen mucha relación pero de las que pueden salir cosas realmente interesantes.

Por ejemplo, en las sesiones de Design Thinking hay un punto en el que se invita a generar ideas, algunas aparentemente absurdas pero de las que muchas veces suelen salir propuestas geniales, simplemente dándole una vuelta a esa idea tan absurda de inicio.

Sí, sé que todo esto es un poco utópico y que la sociedad nos pide números y resultados, pero lo uno no es incompatible con lo otro.

Os dejo, que tengo que ir a dar de comer a mi unicornio… 😉

Cuestión de hábitos

Durante el mes pasado me propuse escribir una entrada en el blog cada día laborable y os aseguro que no era una tarea sencilla.

Por múltiples circunstancias, que no vienen al caso, no ha sido un mes fácil, pero lo cierto es que conseguí establecer y mantener el hábito durante todo el mes.

Según distintas teorías, para implantar un hábito necesitas un período de 21 días, pero ya os digo que un buen maestro de la procrastinación se pasa eso por donde yo me sé.

No hay que confiarse porque lo que sí que es cierto es que es mucho más fácil abandonar un hábito que construirlo, para eso hace falta sólo 1 día… ya sabéis, las famosas excepciones que se convierten en reglas: “por un día no pasa nada”, “mañana hago el doble”, “empiezo el lunes”…

¿Y ahora qué? Bueno, pues ahora no tengo claro si seguiré publicando con la misma frecuencia, volveré al hábito de antes (publicar cuando me parezca) o estableceré una rutina distinta.

Lo que tenía claro es que quería conseguir el objetivo marcado, que además me ayudaba a impulsar uno de los que me marqué al principio de año.

Por cierto, que revisando estos, hay algunos que van en buen camino, pero otros… Los referentes a clientes y el blog, van bien encaminados, pero lo del inglés y el peso tienen peor pinta, aunque aún me quedan 4 meses por delante… ¡se puede!

Y no te engañes, el tiempo es limitado pero tenemos todos el mismo (24 horas al día), lo importante es saber decir “no”, establecer prioridades y actuar en consecuencia, porque por muchas promesas que nos hagamos si hacemos cosas distintas a las que predicamos, ya sabemos que el hábito no hace al monje… 😉

¿Nómina y/o Recursos Humanos?

Partiendo de la base de que el término “recursos humanos” nunca ha terminado de convencerme, por lo de “recursos”, ya que hay gente que se lo toma al pie de la letra e intenta gestionar a las PERSONAS como un recurso más, me gustaría reflexionar sobre lo que engloba realmente esto de los Recursos Humanos.

Hay gente que piensa que Recursos Humanos se dedica únicamente a pagarle la nómina todos los meses y poco más. Otros que defienden justo lo contrario, que la nómina es un mero proceso administrativo, en el que “sólo hay que darle a un botón”, y que lo importante es todo lo que hay alrededor de eso: gestión de carreras, planes de remuneración, desarrollo de personal, etc…

Antes de seguir, os invito a que veáis el vídeo que sale en este artículo: Cuando la nómina consume al departamento de Recursos Humanos

En el mismo se presenta el proceso de nómina como un proceso puramente administrativo, que debería/podría ser realizado por el área financiera, mientras que Recursos Humanos debería poner todo su empeño en desarrollar y potencial el talento de las personas.

Amedirh es una asociación mexicana de profesionales de Recursos Humanos, pero creo que la idea que se plantea en el vídeo es aplicable a muchos países.

Partiendo de la base de que tengo claro que elaborar una nómina consiste en algo más que “darle al botón”, también es cierto que muchos de los procesos que conlleva son puramente administrativos y que podrían automatizarse de manera relativamente sencilla.

Esto conllevaría un ahorro importante de tiempo, que podríamos dedicar a otras tareas que le aportaran más a nuestros empleados que el simple pago de su merecida remuneración.

También es cierto que para que esto sea posible, deberíamos “dejar atrás el pasado” y “poner todos de nuestra parte”.

De nada sirve que nos hagamos con la última tecnología, si no somos capaces de adaptar nuestros procesos a los tiempos que corren… y cuando digo “todos”, digo: empresa, empleados, sindicatos, administraciones públicas…

Si nos empeñamos en mantener condiciones de convenios colectivos firmados hace 30 años y vivir de espaldas a la realidad, mal vamos. Y con eso no digo que haya que eliminar dichas condiciones, digo que hay que analizarlas y adaptarlas a los tiempos que corren.

Después, ya veremos si lo hacemos con un software o con otro, pero si no nos planteamos primero esa adaptación, me temo que seguiremos matando moscas a cañonazos… 😉

CQC: una buena forma de negociar

Hace unos años hubo un programa en televisión, basado en uno argentino, que se emitió en varias cadenas y que tenía un punto de irreverente: Caiga quien caiga (CQC).

Me gustaba el tono del programa porque eran capaces de preguntar cosas que otros no preguntaban, de una manera directa y haciendo buen uso del humor y la ironía. Y esa es una combinación que me gusta: ser directo pero con educación (y con humor, si ha lugar, perfecto).

No me gusta regatear. Sé que hay países en el que el acto del regateo es algo cultural, incluso llegan a ofenderse si no entras al trapo, pero… no me gusta. Si voy a algún sitio de este estilo y me piden 10 por algo, les ofrezco directamente 5 (sabiendo que vale 3, como mucho) y si no aceptan me voy, aguantando las maldiciones del vendedor de turno.

Evidentemente, si no me gusta regatear del lado del comprador, tampoco me gusta hacerlo del lado del vendedor.

Por eso, cuando me piden una oferta, intento presentar siempre la mejor oferta, tanto para el cliente como para mí, pero ya sé que el mundo no funciona así… 😉

Hay gente a la que le gusta negociar (queda mejor que “regatear”) y que además por defecto piensa que el proveedor siempre se la va a intentar colar. Como hay proveedores que piensan siempre que el cliente les va meter una cláusula leonina en el contrato. Aquí hay para todos… 😉

Probablemente, todo sería más sencillo si fuéramos todos más honestos, pero… ¡es lo que hay!

Recuerdo con un cliente en el que yo sabía que a él le gustaba siempre negociar, para dejar claro quién mandaba básicamente, en el que le hice el siguiente planteamiento: “Mira, esto cuesta 100… tenemos 2 opciones: que te diga 130, que nos tiremos media hora negociando y dejarlo en 110-120; o que te diga los 100, renuncies a quedar por encima y nos pongamos a trabajar”.

Lo hicimos por 100 y el proyecto fue bien, pero… a él no le gustó.

Con esto no digo que no haya que negociar, para nada, creo que es importante hacerlo y tener los conocimientos/habilidades para hacerlo bien no suele ser sencillo.

Me gusta especialmente la metodología CQC. ¿Caiga Quien Caiga?: no exactamente…  sería más bien Cuándo-Qué-Cuánto:

  • Cuándo: ¿qué plazos manejas para hacer el proyecto?, ¿cuándo quieres arrancar?…
  • Qué: ¿qué quieres hacer?, ¿qué necesitas?…
  • Cuánto: ¿cuánto puedes invertir?, ¿qué presupuesto tienes?…

Sólo hay una condición: de esas tres variables, te dejo que fijes sólo dos, la tercera la fijo yo.

Dos para ti, una para mí, empiezas a negociar con ventaja, no te quejes… 😉

Un futuro incierto y prometedor

Hace meses me guardé el video que veis en este artículo con intención de escribir algo al respecto.

Se fue quedando ahí hasta que las recientes noticias sobre el supuesto atentado contra Nicolás Maduro me lo trajo de nuevo a la mente.

Veamos el video:

 

No voy a entrar en la supuesta “utilidad” del producto, ya que no seré yo quien me atreva a decir quiénes son “los buenos” y quiénes “los malos”, lo que sí me hace pensar es sobre todas las posibilidades que nos da la tecnología que manejamos hoy en día.

Hay cosas que hace unos años eran materialmente imposibles y hoy, utilizando una serie de herramientas al alcance de (casi) cualquiera, son más que factibles y nos permiten obtener resultados sorprendentes.

Por supuesto, esto siempre conlleva un peligro, pero como cualquier avance en manos de “los malos”… de todas formas, “los buenos” solemos ser más, así que confiemos en eso y veamos siempre la parte positiva de estos avances.

Y no os engañéis, con tecnología o sin ella, “malos” siempre va a haber… 😡

Así que yo me quedo con lo prometedor del futuro, ya que con incertidumbre siempre vamos a tener que vivir… ¿o alguien tiene la certeza sobre de qué va a tratar mi próximo post? 😝