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¿Este artículo está escrito con inteligencia artificial?

Sí.

Bueno, depende de lo que entendamos por «escrito».

No me parece mal utilizar inteligencia artificial para preparar un artículo. La utilizo para investigar, ordenar ideas, buscar contradicciones, mejorar frases y convertir todo lo que voy contando en un texto con cierta estructura.

Esto y alguna otra cosas más, es lo que os contaba ayer, porque creo que una de las cosas básicas es no esconder el uso de la IA.

Lo que no hago es pedirle que escriba un artículo completo sobre un tema, copiar el resultado y publicarlo como si aquellas ideas, aquella experiencia y aquella opinión fueran mías.

Y de esto, podemos encontrar muchos ejemplos en nuestro día a día, especialmente en los últimos meses, en redes como LinkedIn.

Por cierto, que siempre tienes la opción de decir que no te enseñe más el contenido de esa «persona».

Porque utilizar inteligencia artificial para escribir no significa necesariamente dejar que escriba por nosotros.

El problema es que hemos decidido resolver esta diferencia recurriendo a otra inteligencia artificial. Le entregamos un texto, pulsamos un botón y esperamos que una máquina dictamine quién lo ha escrito.

Y la máquina, con esa seguridad tan característica de quien no tendrá que responder por el resultado, nos devuelve un porcentaje.

No todas las ayudas son iguales

Durante años hemos utilizado herramientas para escribir mejor.

El corrector ortográfico señala errores. El diccionario propone sinónimos. Un buscador permite localizar información. WordPress revisa la legibilidad y algún compañero nos dice que un párrafo no se entiende, normalmente después de haberlo publicado.

Yo, por ejemplo, tengo mi corrector ortográfico humano de cabecera, que me suele avisar cuando detecta algún error, ¿verdad, David?

La inteligencia artificial amplía mucho esas posibilidades. Puede proponer una estructura, resumir documentación, comparar fuentes, detectar repeticiones, discutir una idea o convertir una explicación desordenada en un primer borrador.

¿Significa eso que el artículo lo ha escrito la IA?

Depende.

No es lo mismo pedir «escribe un artículo sobre las ventajas de la inteligencia artificial» y publicar lo que salga que mantener una conversación en la que aportamos las ideas, los ejemplos y la opinión; rechazamos propuestas, cambiamos la estructura y revisamos cada frase hasta obtener un texto que dice lo que queríamos decir.

Entre ambos extremos hay muchos niveles. Pretender reducirlos a «escrito por una persona» o «escrito por una máquina» resulta bastante cómodo, pero explica muy poco.

La pregunta interesante no es si se ha utilizado inteligencia artificial.

La pregunta es qué ha aportado quien firma.

La IA también tiene sus costumbres

Es cierto que muchos textos generados con inteligencia artificial se reconocen.

Suelen estar impecablemente estructurados, dividir cualquier asunto en cinco apartados y terminar con una conclusión que resume exactamente lo que acabamos de leer. Abundan expresiones como «en un mundo cada vez más digital», «no se trata de esto, sino de aquello» o «el futuro ya está aquí».

Todo es correcto. Todo está ordenado. Todo suena razonable.

Y muchas veces no hay nada detrás.

La IA tiende a escribir textos genéricos porque trabaja con patrones. Si le damos una petición genérica, obtendremos una respuesta genérica. También repite determinadas construcciones, abusa de las enumeraciones, coloca títulos en cada esquina y convierte cualquier observación sencilla en una reflexión transformadora.

Conseguir que suene humano no consiste en pedirle que «humanice el texto». Esa instrucción suele producir el mismo artículo, pero con una anécdota inventada y dos frases que empiezan por «seamos sinceros».

Para evitarlo hay que aportar algo que la herramienta no tiene: una experiencia concreta, una posición, ejemplos propios y una forma reconocible de contar las cosas. Después hay que quitar frases, romper estructuras demasiado perfectas y eliminar toda esa espuma verbal que ocupa espacio sin decir demasiado.

En resumen, hay que escribir.

Aunque una parte del texto haya empezado en una conversación con una máquina.

Una máquina juzgando a otra máquina

Como esos patrones existen, han aparecido herramientas que aseguran poder detectar si un texto ha sido generado con inteligencia artificial.

No me parece mal utilizarlas. Pueden advertir que un trabajo contiene determinadas regularidades y servir como un indicio para revisarlo con más atención.

Lo que me parece peligroso es tratarlas como si fueran una prueba.

Un detector no conoce el proceso seguido para crear el documento. No sabe si el autor partió de una página en blanco, dictó sus ideas, corrigió un borrador, utilizó un traductor o pidió a ChatGPT que lo hiciera todo. Analiza el resultado y calcula cuánto se parece a ciertos patrones estadísticos.

Después muestra un porcentaje con muchos decimales y nosotros confundimos precisión matemática con certeza.

En el artículo de Carlos Eduardo Parra Romero, varios detectores atribuyen a la inteligencia artificial textos escritos antes de que existiera ChatGPT. Uno de ellos llega a considerar que James Madison redactó con IA parte de la Constitución de Estados Unidos.

Debía de tener acceso anticipado.

No es un caso aislado. Otros experimentos han clasificado como generados por IA textos humanos anteriores a estas herramientas y han rebajado considerablemente el porcentaje de un texto creado por Gemini después de cambiar apenas unas palabras.

Eso no significa que los detectores no sirvan para nada. Significa que no sirven para demostrar quién ha escrito un texto.

Un indicio puede abrir una conversación. No debería cerrarla.

El problema de escribir demasiado bien

Los falsos positivos tienen además una consecuencia bastante absurda: empezamos a sospechar de cualquiera que escriba de forma ordenada.

Enrique Dans lo explica de manera muy clara en este artículo: «Del detector de inteligencia artificial al linchamiento algorítmico»

Parece que escribir medianamente bien, te convierte automáticamente en sospechoso, debido al «pútrido intelecto» de algunos.

Si utilizas una raya larga, seguramente es ChatGPT. Si colocas un punto y coma, también. Si estructuras bien las ideas, introduces el tema y cierras con una conclusión, blanco y en botella.

La solución, aparentemente, consistiría en escribir peor para demostrar que somos humanos.

Meter alguna errata. Repetir una palabra. Dejar un párrafo sin terminar. Quizá cambiar de tema a mitad del artículo y contar lo que hemos comido.

No parece un gran avance para la humanidad.

Los modelos han aprendido a escribir observando textos humanos. Es lógico que algunas de sus construcciones coincidan con las nuestras. También es lógico que quienes los utilizamos terminemos incorporando algunas de sus costumbres, del mismo modo que el corrector del teléfono ha cambiado nuestra manera de escribir mensajes.

La presencia de determinados rasgos puede justificar una sospecha, pero no demuestra su origen. Mucho menos permite determinar cuánto trabajo humano existe detrás.

¿Quién es entonces el autor?

Para mí, la autoría no depende de haber escrito personalmente cada palabra.

Depende de aportar las ideas, tomar las decisiones y asumir la responsabilidad por el resultado.

Si publico un dato incorrecto, no puedo defenderme diciendo que lo encontró ChatGPT. Si una opinión está mal planteada, la responsabilidad tampoco es de Claude. Y si el artículo no dice nada, haber utilizado la versión más cara de la herramienta no lo convierte en interesante.

Quien firma debe poder explicar qué quería contar, por qué ha incluido unos argumentos y descartado otros, de dónde proceden los datos y qué cambios realizó durante el proceso.

Si no puede hacerlo, probablemente no escribió el artículo. Simplemente lo encargó.

Esto no es completamente nuevo. Una persona podía pagar a otra para que escribiera un texto, copiar un artículo o reconstruirlo uniendo fragmentos de distintas fuentes. La inteligencia artificial no ha inventado la falta de autoría.

Solo la ha hecho más rápida, barata y accesible.

Este artículo también está escrito con IA

Este artículo, por ejemplo, ha sido creado utilizando inteligencia artificial.

Yo he planteado la idea, he explicado mi postura y he proporcionado el artículo que quería comentar. A partir de ahí hemos construido una primera estructura, desarrollado los argumentos y revisado el texto.

He decidido qué quería decir y qué no. He cambiado frases, eliminado ideas y pedido que se incorporaran ejemplos. También he rechazado alguna formulación demasiado solemne, porque uno puede hablar de inteligencia artificial sin anunciar una nueva era de la humanidad cada cuatro párrafos.

¿Lo ha escrito la IA?

Sí, en parte.

¿Lo he escrito yo?

También.

Y no veo ninguna contradicción.

La herramienta ha participado en la redacción. Las ideas, la selección, el criterio y la responsabilidad sobre lo publicado siguen siendo míos.

Podría haber escrito el artículo sin inteligencia artificial porque llevo años haciéndolo. Probablemente habría tardado más. Quizá habría quedado mejor alguna frase y peor alguna otra. Lo importante es que tengo la base necesaria para valorar el resultado y detectar cuándo la herramienta se aleja de lo que quiero contar.

La IA no me sustituye al escribir. Reduce la distancia entre lo que tengo en la cabeza y el texto que finalmente publico.

No necesitamos policías de la raya larga

Utilizar inteligencia artificial para escribir no debería convertirse en algo vergonzoso ni en una prueba automática de falta de autenticidad.

Lo razonable es exigir criterio, transparencia cuando resulte relevante y responsabilidad sobre el resultado. No que cada autor presente el historial completo de sus conversaciones ni que un detector decida, mediante un porcentaje, si tiene derecho a firmar.

Podemos analizar el texto, comprobar sus fuentes, discutir sus argumentos y valorar si aporta algo. Todo eso requiere más trabajo que pegarlo en una herramienta y esperar un veredicto, pero también ofrece bastante más información.

Al final, un artículo no debería juzgarse por la herramienta utilizada para redactarlo, sino por lo que cuenta, lo que aporta y la capacidad de su autor para responder por ello.

Porque también es posible escribir sin inteligencia artificial y no decir absolutamente nada.

Eso lleva ocurriendo mucho más tiempo y todavía no hemos desarrollado un detector fiable.

Por ejemplo, en mi caso, desde hace tiempo, he empezado a incoporar la raya larga para los incisos aclaratorios; antes utilizada siempre los paréntesis o las comas.

Otro rasgo característico es el tema de las comillas. Yo suelo utilizar las inglesas, aunque ChatGPT es más correcto y suele utilizar las angulares.

En este caso, no creo que adopte esa práctica ya que las inglesas están más accesibles en el teclado.

También te digo que en este artículo concreto, entre el 80-90% del contenido es lo que generó directamente la IA.

Mi forma de redactar muchas veces es más directa y sin dar tantas vueltas a las cosas, lo cual no quiere decir que sea mejor.

De hecho, en algunos de los últimos artículos que he/hemos escrito verás que hay una estructura más clara, aunque por detrás siempre podrás reconocer el matiz humano.

Así que, si tenías alguna duda, ya te la resuelvo yo, sin que tengas que acudir a a ningún detector: sí, utilizo la IA.

De todas formas, ya has visto que no te puedes fiar 100% de los detectores, por que no todo lo que ves es cierto, o como diría aquel: «Cosas veredes, amigo Sancho».

Incluso puede que no sea cierta, ni la frase anterior 😉

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